En la última noche me pediste que no te olvidara.
Y no, no te he olvidado.
Aunque admito:
el primer día se me ha perdido
y de la tarde en la azotea sólo recuerdo tu voz.
y de la tarde en la azotea sólo recuerdo tu voz.
Pero tú, y tu libro de pinzas, siguen perfectos. Intactos.
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